Angustias

Roberta era una chica cualquiera que no destacaba en nada, con una vida llena de angustias. Al cumplir los 15 años, su madre partió.

Roberta nunca llegó a comprender el motivo detrás de esta decisión y el único recuerdo que le quedaba era una nota envuelta en hojas de lavanda. 

“La locura corre en las mujeres de la familia”, decía la nota. Roberta, como era de esperar, se angustió al leer el mensaje que le había dejado su madre. Se quedó perpleja, sin saber qué hacer. 

Roberta ya tenía demasiadas angustias en la cabeza. Cuando era pequeña leyó en un libro que un hombre se murió porque se le olvidó respirar. Era un libro que nunca entendió que estuviera a su alcance, si ella era una niña. 

Pero eso no le impidió leerlo. Este libro no tenía dibujos, como los libros que leía Roberta. Era un libro serio, igual de serio que el café que bebía su padre por las mañanas. Sin leche, sin azúcar.

Al igual que el café de su padre, este libro le parecía amargo. Amargo y serio, pero aún así, lo leyó. 

Para leerlo se sentó en la butaca de su padre. Pensó que si iba a leer algo tan aburrido, debía hacerlo igual que su padre. Sentada en la butaca con una gran taza de café negro.  

Empezó a leerlo. Intrigada por todas las letras que parecían escritas a máquina y borradas por la humedad, devoró hoja tras hoja. Sorbo a sorbo se acabó el café. 

Cerró el libro y empezó a notar que su corazón bombeaba cada vez más rápido y que los párrafos se volvían imágenes vívidas. Sobre todo la del hombre que murió mientras dormía porque se le olvidó respirar. 

«¿Cómo se olvida una cosa así?», pensó Roberta. 

Para Roberta, como para el resto del mundo, respirar era una cosa automática. Pero para ese hombre no lo fue.

A partir de ese día, Roberta se iba a dormir recitando su propio mantra para recordarse a sí misma, en sueños, que tenía que respirar. 

Roberta volvió a leer la nota: “La locura corre en las mujeres de la familia”. Arrugó el papel con fuerza, lo tiró al suelo y se decidió a cambiar su destino.

Con decir una frase que se inventó, podía regresar a la realidad en cuestión de minutos. Así se daba cuenta de que no estaba loca. Que lo que veía era fruto de su imaginación. 

Pobre Roberta. Odiaba que pudiera imaginarse las escenas más tétricas de un momento a otro sin poder plasmarlas ni describirlas. Y nunca pudo contarle al mundo lo que ella veía cuando cerraba los ojos.

El tiempo pasó y Roberta se volvió una experta regresando a la realidad con su frase. Parecía que su imaginación se iba calmando.

Todo iba bien. Todo estaba dentro de lo normal, o al menos eso es lo que pensaba. Hasta que, como una explosión que ilumina el horizonte, ¡pum! Las angustias aparecían.

«Maldita creatividad», pensaba Roberta. 

Ay… si se hubiera dado cuenta a tiempo. Cuando podría haberle puesto fin a todo esto. Pero, claro, que se puede esperar de alguien que hereda la locura, de alguien que tiene el ADN maldito.

Roberta se consolaba pensando en que no podía luchar contra su herencia. 

Así que aprendió a vivir con sus angustias. Aprendió que sus angustias eran solo eso, angustias. Y que lo que veía era fruto de su imaginación y que no significaba que veía el futuro como una pitonisa, ¿o si? 

Un fuerte golpe la regresó a la realidad. Se había caído de la silla. Esto estaba llegando muy lejos. Y como era de esperar, empezó a angustiarse por si empezaba a desarrollar lo que esa pequeña nota le había advertido. 

Roberta decidió hacer lo que cualquier persona responsable haría. Se encerró en casa. Ahora nadie ni nada podría lastimarla. 

Los meses pasaron y Roberta se quedó en casa. No tenía que salir para nada y eso le reconfortaba. Le reconfortaba saber que por muchas cosas que su imaginación creara no le podía pasar nada. ¡Eso sí que era un alivio! 

Roberta no contaba con que el aburrimiento sería más fuerte que su angustia. Los días se convirtieron en meses y, sin darse cuenta, estaba a punto de cumplir un año en el encierro.

Como si estuviera en un manicomio. Eso le asustó un poco y le angustió otro tanto. 

Se puso los zapatos, guardó sus llaves y se decidió a dar un paseo. 

Todo estaba diferente. La calle era la misma pero tenía un aire desolado. Como si algo grave hubiera pasado. ¿Se lo estaba imaginando? No, lo estaba viendo.

Roberta pensó que a lo mejor había salido muy pronto de casa y que por eso no había nadie en la calle. Miró el reloj y vio que eran las once de la mañana.

«¡Qué raro!», pensó Roberta. No le dio más importancia y siguió caminando. Pero con cada paso su angustia crecía. 

Empezó a caminar con cierto aire de desconfianza. Le temblaban las rodillas.

Había algo extraño en el ambiente, hasta la luz había cambiado. A lo lejos vio una sombra que parecía amigable, así que se acercó a ella lo más rápido que pudo decidida a encontrar respuestas. 

Con cada paso que daba, la sombra daba un paso hacia atrás. No podía llegar a ella. El camino empezaba a sentirse eterno. Los edificios se cerraban a su paso, sentía que la ciudad la estaba atrapando.

No podía respirar, no podía ver. Cerró los ojos y dejó de luchar. 

La gente murmuraba. Se oía ruido de fondo, mucho ruido. 

—¿Roberta? —preguntó una voz. 

Roberta abrió los ojos y tardó unos minutos en reconocer el lugar. Después de ver a sus padres, se dio cuenta de que estaba en un cuarto, en un cuarto blanco con una ventana pequeña muy cerca del techo. 

No entendía lo que había pasado, no sabía si su madre había regresado o se lo estaba imaginando. 

Cuando sus padres salieron de la habitación, Roberta bajó de la cama y se acercó al espejo redondo que colgaba en la pared.

Su reflejo la transportó a su infancia. Era ella pero un reflejo del pasado. 

Se acercó a la puerta para salir de la habitación. Al abrirla, una luz brillante la cegó por completo. 

—¡Roberta! —gritaron mil voces a lo lejos. 

Nunca más se supo de ella. La imagen de esa pequeña niña con angustias se esfumó.

Nadie se acuerda de ella. Nadie sabe si Roberta realmente existió o si fue el resultado de la angustia colectiva.

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