Cuatro, como el número

Los números pares siempre habían tenido un aire de misticismo para él. Eran perfectos, no sobraba ni faltaba nada. Como él, así era él.

Cada día, antes de levantarse de la cama, se quedaba un rato pensando con la mirada fija en el techo en la belleza de los números pares. El cuatro era su favorito. Le gustaba ver los cuatro puntos juntos en la cara de un dado o el número cuatro dibujado en un papel.

Por eso vivía en el número cuatro de la calle cuatro. ¿Qué planta? La cuarta. Su casa era la única de esa planta, pero si hubiera tenido que elegir entre varias opciones, estaba claro que se hubiera quedado con el número cuatro. Como siempre.

Cuando era pequeño y estaba en la primaria tuvo una pelea con la directora del colegio. Por apellido le tocaba ser el número siete, ¡siete! Que ni es par, ni es cuatro.

Ya desde pequeño tenía esa obsesión por los números pares, y a partir de su cuarto cumpleaños empezó a desarrollar una fijación por el número cuatro en especial.

Todo lo tenía que comprar de cuatro en cuatro. Sí, tenía cuatro unidades de cada objeto de su casa, absolutamente de todo lo que había en su casa. A veces esto era algo bueno, sobre todo cuando hacía fiestas con sus amigos porque siempre tenía una cosa para cada uno.

En uno de sus cumpleaños, uno de sus amigos quería llevar a su pareja, pero entonces serían cinco. Que ni es par, ni es cuatro. Porque no sé si sabías, pero solo tenía tres amigos.

Lo tenía todo pensado. De esta forma, contándolo a él, serían cuatro en todas las reuniones. Así que su amigo no pudo llevar a su pareja, aunque después se reunió con ella, pero a solas, que sino no serían cuatro en total.

En casa tenía cuatro sillas, cuatro mesas y, no, no juntaba las cuatro mesas para hacer una gigante. Tenían que ser cuatro pequeñas mesas separadas. También tenía cuatro sofás, cuatro cojines, cuatro alfombras, cuatro lámparas y, como era de esperar, cuatro camas.

Por suerte todo esto cabía en su casa, que ya la busco de unas dimensiones particulares (de 444 metros cuadrados, los metros cuadrados no le acababan de hacer mucha gracia, pero al final, el dos era un número par, así que no le quitaba el sueño).

Con su ropa era lo mismo. Tenía cuatro vaqueros, cuatro camisas, cuatro abrigos… y todas las unidades tenían que ser iguales. Sino no sería lo mismo, sería tener solo una unidad de cada cosa y eso no lo hubiera dejado dormir.

Cuando conseguía levantarse, después de contemplar la belleza del número cuatro y de todos los números pares, hacía un poco de ejercicio.

Cuatro minutos de yoga, cuatro minutos de estiramientos, cuatro minutos de bicicleta estática y cuatro minutos saltando la cuerda. Un entrenamiento corto pero efectivo.

Al terminar se duchaba con cuatro jabones y se secaba con cuatro toallas pequeñas. Tardaba un poco en terminar su ritual todos los días, pero valía la pena. Era feliz.

Su desayuno eran cuatro tazas de café y cuatro rebanadas de pan con cuatro cucharadas de hummus. Era pesado, pero con eso tenía energía para tirar hasta las cuatro de la tarde.

En el trabajo era el encargado de pasear a los perros de sus compañeros de oficina. Los llevaba de cuatro en cuatro. Todos tenían un perro y todos lo llevaban a la oficina. Había una especie de guardería canina en la cuarta planta.

Se pasaba todo el día paseando a los perros de cuatro en cuatro hasta que terminaba de trabajar, a las cuatro.

A veces quedaba con sus amigos después del trabajo, con los tres o con ninguno, porque sino no serían cuatro personas en total. Sus amigos lo entendían. Ellos también tenían sus manías.

Por ejemplo, uno estaba obsesionado con el café y era lo único que bebía. Iba un poco acelerado por la vida, pero tenía a sus amigos para frenarlo.

Cuando él llegaba a su casa en la cuarta planta del número cuatro de la calle cuatro se tomaba cuatro vasos de agua y leía cuatro páginas de su libro. Siempre era el mismo libro, que lo tenía cuatro veces.

Una vez se le mojó uno de esos cuatro libros y tuvo que ir corriendo a la librería a comprar al sustituto. ¡Casi se muere del susto!

Su día terminaba con una cena ligera que consistía en cuatro zanahorias con cuatro rebanadas de tofu a la plancha. Le gustaba cuidarse. Bueno, no.

La verdad es que era muy especial con la comida, por eso decidió, hace muchos años cuando aún vivía con sus padres porque era un niño, que comería lo mismo todos los días. Para no tener sustos, como el del libro, no le gustaban nada esos sobresaltos.

Se iba a dormir después de ver cuatro capítulos de su serie favorita. Había elegido una serie con capítulos de cuatro minutos para que fuera su favorita. Así que no se iba a dormir muy tarde. Se ponía uno de sus cuatros pijamas y se lavaba los dientes con uno de sus cuatro cepillos.

Por si tienes curiosidad, sí, tenía cuatro inodoros en el baño, ordenados como la cara de un dado, y cuatro duchas. Así era él y estaba feliz con sus manías.

Cada día usaba una ducha diferente, porque no le gustaba tener cosas inútiles. Con las camas era lo mismo, cada día dormía en una cama diferente. Todas eran de tamaño matrimonial; a pesar de que siempre dormía solo, no le gustaba sentirse apretado por las noches.

Sus sueños también eran de cuatro en cuatro. Soñaba cuatro veces con el número cuatro en forma de puntos y cuatro veces con el número cuatro dibujado en cuatro superficies iguales.

Pero un día algo falló. Soñó con el número siete, cuatro veces, pero con el número siete. Ese día no se quiso levantar de la cama.

Sus amigos mandaron cuatro psicólogos para que analizaran cuatro veces su sueño.

Resulta que la discusión que tuvo con la directora de su colegio cuando era pequeño lo había traumado. Y como con cualquier trauma que no se ha resuelto, se quedó enterrado en el fondo de su cerebro. Hasta que por fin salió, en la noche menos esperada.

Los cuatro psicólogos le recetaron lo mismo cuatro veces: mirar cuatro nubes y cuatro estrellas cada día durante cuatro semanas. Así lo hizo. En la noche de la cuarta semana se fue a dormir, con la esperanza de haber resuelto ese trauma con el número siete.

Y, sí. Lo resolvió. Los cuatro psicólogos tenían razón. Había sido un trauma que no había resuelto, pero ya estaba solucionado.

Ahora podía volver a dedicar su vida al número cuatro, durante cuatro décadas, que es lo que durará su vida. Eso es lo que le dijeron cuatro médicos cuando nació cuatro veces.

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